Educar para la felicidad


Publicado por MP | Miércoles 29 de Mayo de 2019

La búsqueda de la felicidad es la gran aspiración de los seres humanos a lo largo de toda la historia y, a mi modo de ver, debería ser el tema central del currículo, y el objetivo esencial de toda educación. John Lenon nos recuerda: “Cuando yo tenía cinco años, mi madre siempre me decía que la felicidad es la clave para la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande; escribí: ‘feliz’. Me dijeron que yo no había entendido la pregunta. Les dije que no entendían la vida. ¡Cuánta razón tenía mi madre!”.

Pero, ¿acaso es posible ser feliz? ¿En qué consiste la felicidad? ¿Es como una especie de lotería que le toca a algunos afortunados, o se trata de algo que hay que aprender y conquistar?

En primer lugar, no debemos confundir la felicidad con algo tan utópico como pretender pasar toda la vida en un estado de euforia permanente, de plenitud o de continuos sentimientos agradables, sin sombras de tristeza, amargura o dolor. Eso sería una ingenuidad y por supuesto algo totalmente inalcanzable. Si alguien piensa así, mantendrá con razón que la felicidad es algo imposible de lograr y, en consecuencia, no la encontrará porque ni siquiera se esforzará en buscarla.

Pero, en cierto modo y en el fondo de nuestro corazón, todos anhelamos ser felices y, aunque sea de un modo inconsciente, buscamos ansiosamente la felicidad. Lo que sucede es que muy pocos se preguntan cómo la conciben o la confunden con el bienestar, con la riqueza, con la fama y el éxito y, en consecuencia, gastan la vida acumulando cosas, escalando posiciones, pero sin encontrar la felicidad. Cuanto más riqueza o fama tienen, más necesitan tener, y terminan esclavos de sus cosas o de la opinión de los demás. Es evidente que a todos nos gusta ser reconocidos y alabados, y que es más agradable viajar en un carro cómodo que en un autobús destartalado, o que es preferible vivir en una casa confortable que en un rancho miserable. De hecho, todos deberíamos tener un nivel de vida que nos permita vivir con dignidad, pues es evidente que la miseria, la inseguridad, el hambre no son precisamente peldaños para la felicidad. Pero, ciertamente, la felicidad no está en las cosas ni en el dinero.

El dinero es necesario para vivir, pero es muy triste vivir para el dinero. Con dinero podemos comprar muchas cosas, pero ninguna de las cosas más importantes como la paz interior, el amor o la felicidad se compran con dinero.

Otros confunden la felicidad con el placer y, para ser felices, se entregan a una vida licenciosa que, más que plenitud, les deja una sensación de hastío y una permanente insatisfacción que les lanza a volver a buscar desesperadamente nuevas sensaciones y placeres.

Hay quienes creen que la felicidad está en el poder y lo buscan desesperadamente. El poder los emborracha y enferma y, cuanto más poder tienen, más poder ambicionan. Algunos, esclavos del poder, se convierten en verdaderos tiranos y en su búsqueda de un poder siempre mayor, son capaces de esclavizar a pueblos enteros o, como es el caso de tantos tiranos en la historia, llevarlos a la guerra, la destrucción y el holocausto.

Si la felicidad no está en las riquezas, la fama, el placer o el poder; si tampoco consiste en no tener problemas, preocupaciones o dolores, ¿en qué consiste la felicidad?

La felicidad no depende tanto de lo que tenemos, sino de lo que somos. No proviene de lo que nos sucede, sino del modo en que asumimos lo que nos sucede. No es posible la felicidad si uno vive amargado, enojado, frustrado; si se desprecia, si guarda sentimientos de envidia, rencor, o vive pendiente de lo que piensan u opinan los demás; si no tiene un para qué que le dé sentido a su vida, si se deja vivir la vida por otros, si no tiene ideales ni horizontes por los que esforzarse, luchar y sufrir.

La felicidad es una decisión y una elección personal

 No es una meta, sino el camino. Cada persona será lo feliz que decida ser. Por ello, todos debemos proponernos vivir en la felicidad ya, en cada momento, sin permitir que nada ni nadie nuble nuestro corazón, siempre con una sonrisa en los labios que no logren borrar ni los problemas ni las dificultades. Todo lo que se hace sonriendo siempre nos ayuda a ser más humanos, a moderar nuestras tendencias agresivas, a ser más capaces de comprender a los demás e incluso a nosotros mismos. Cuando sonreímos y nos mostramos alegres, comunicamos felicidad a los demás. Y, al darla a los demás, la logramos también nosotros.

Por considerar que la felicidad o la infelicidad está en lo que nos sucede o nos va a suceder, la mayor parte de la gente se pasa la vida posponiendo la felicidad: Piensa que será feliz cuando se gradúe, cuando se case, cuando vengan los hijos, cuando obtenga un trabajo mejor remunerado, cuando cambie de carro o de vivienda, cuando se jubile, cuando caiga el gobierno…, y se pasan la vida sin proponerse ser felices ya. Lo importante para ser feliz es estar a gusto con lo que uno es, con lo que tiene, con lo que le sucede, relativizar los propios problemas, que con frecuencia son nimiedades, y adoptar una actitud positiva ante la vida.

“Al morir su esposa con la que convivió toda su vida, un anciano de ya 90 años fue llevado a un asilo. Tras esperar un buen tiempo en la recepción, le indicaron que ya tenía el cuarto listo. Mientras esperaba el ascensor para llevarlo a su habitación, el empleado iba diciéndole cómo era.

- Me gusta mucho –le interrumpió el anciano con gran entusiasmo.

- ¿Cómo puede decir eso si todavía no la ha visto? Espere un momento, que ya casi llegamos.

- Eso no tiene nada que ver –opinó el anciano-. La felicidad yo la elijo por adelantado. Si me gusta o no el cuarto no depende de su ubicación, del mobiliario o de la decoración, sino de cómo yo decido verlo. Ya yo decidí en mi mente que me gustaría el cuarto. Es una decisión que desde hace mucho tiempo yo tomo cada mañana. Yo puedo pasar mi día enumerando todas las dificultades que tengo en las partes de mi cuerpo que no funcionan bien, o puedo levantarme y dar gracias a Dios por aquellas partes que todavía trabajan bien. Cada día es un regalo, y mientras yo pueda abrir mis ojos, me enfocaré en el nuevo día, y todos los recuerdos felices que he construido en mi vida.

Se montaron en el ascensor y el anciano arrojó al empleado su mejor sonrisa a través del espejo:

 ¡Cuánto sufrimiento se podría evitar en el mundo si sencillamente se le enseñara a las personas a elegir cada día el amor y la felicidad!”. (Esclarín, 2013)

León Tolstoi decía que “El secreto de la felicidad no consiste en hacer siempre lo que uno quiere, sino en querer siempre lo que uno hace”, es decir, en vivirlo todo intensamente, con talante positivo, en buscar en todo la excelencia. Por ello, no consiste tanto en hacer obras grandiosas sino en vivir de un modo grandioso los pequeños detalles de la cotidianidad. En definitiva, la gente más feliz no es la que tiene lo mejor de todo, sino la que hace lo mejor con lo que tiene.

La felicidad es el resultado que se le ofrece a quien vive una vida con sentido y comprometido con su propia vocación. Consiste en vivir en paz consigo mismo, en pensar y obrar de manera positiva, en aceptarse y atreverse a ser lo que uno se propone ser, en esforzarse por autorealizarse y alcanzar la propia plenitud. En definitiva, la felicidad implica tener un proyecto de vida coherente y realista, que nos impulse con ilusión hacia un futuro que vamos labrando con entusiasmo y dedicación. Todos somos distintos, pero todos tenemos una misión en la vida. El conocerla e intentar realizarla es camino seguro a la felicidad. La falta de metas y proyectos es lo que hunde a la mayoría de las personas en el aburrimiento y la desdicha. Las metas, tanto si se logran como si no, transforman al individuo. Las metas canalizan los recursos mentales hacia un objetivo específico.

El proyecto de nuestra vida no puede ser otro, como venimos repitiendo, que alcanzar la plenitud desarrolla todas nuestras potencialidades. Esto implica conocerse a fondo y emprender con coraje el camino de la propia realización. Desgraciadamente, debido a su raquitismo espiritual, hoy son muy pocos los que se atreven a plantearse llevar una vida intensa, alejada de la mediocridad y de la cobardía. Carecen de un proyecto lo suficientemente atractivo para superar la tentación de la rutina, el acomodo y el consumismo. No se atreven a plantearse en serio la felicidad, carecen del valor necesario para enfrentarse con firmeza a las dificultades:

“Corrió el rumor de que, entre aquellas fragosas montañas, brotaba la fuente de la felicidad. Numerosas personas salieron en su busca. La mayoría, sin embargo, desistió ante las primeras dificultades y se regresó a la casa diciendo que todo era mentira. Algunos continuaron buscándola a pesar del frío, del cansancio y de las dificultades. Pero sólo un grupito de esforzados logró llegar hasta la fuente.

La fuente no tenía nada en especial que pudiera distinguirla de las demás, y el agua era idéntica al agua de otras fuentes. Sin embargo, todos se sintieron especialmente felices. Entonces comprendieron que la felicidad consiste en tener una meta y en esforzarse por alcanzarla”. (Pérez Esclarín, 2006)

La diferencia entre las personas que dejan huella a su paso por la vida y las que no, es que las primeras quisieron algo intensamente y lo buscaron con verdadera determinación sin importar lo que costara o lo difícil que pareciera conseguirlo. Héroes, santos, artistas, deportistas, y científicos son buen ejemplo de ello. Las propias dificultades los agigantaron y convirtieron en fortalezas sus fracasos y debilidades. No pidieron compasión, solo nuevas oportunidades. No se amilanaron ante los problemas ni trataron de culpar a otros de sus fracasos, sino que se levantaron de las cenizas de las derrotas con nuevo coraje e hicieron de ellas la raíz de sus triunfos. Los que perseveran, triunfan.

En breve, el secreto de la felicidad reside en darla y no en esperarla. En palabras de Augusto Comte, “Vivir para los demás no es sólo la ley del deber, es también la ley de la felicidad”. La mejor manera de conseguir la felicidad es haciendo felices a los demás. Cuanta más felicidad damos, más nos llenamos de ella. La felicidad es una puerta que se abre siempre hacia fuera. Vivir como un regalo para los demás, vivir sirviendo siempre, vivir defendiendo la vida donde quiera que esté amenazada, vivir combatiendo todo tipo de dominación, manipulación y explotación, es el modo privilegiado de realizar el proyecto de vida y alcanzar la plenitud y la felicidad. Nos dieron la vida, para darla. Solo el amor, es decir, la capacidad de vivir defendiendo la vida y dando vida nos puede realizar plenamente y nos confiere la felicidad[1].

 La felicidad es el resultado que se le ofrece a quien vive una vida con sentido y comprometido con ella. Felicidad que, por ser fertilidad, y no mero contento, se conjuga siempre con el esfuerzo, la incomprensión y no pocas veces con el sufrimiento. No olvidemos que felicidad viene de la palabra latina felix, que significa “fecundo”, “fértil”, “fructífero”, lo que indicaría que la felicidad tiene que ver con cierta fertilidad o fecundidad personal, es decir con vivir la vida de un modo fecundo, produciendo frutos duraderos e importantes; tiene que ver, en definitiva, con la generosidad y la entrega, con dar vida, con gastar y arriesgar la vida:

Amor y trabajo conjugan muy bien el verbo ser feliz: amar el trabajo y trabajar con amor, hacerlo todo con amor. Un buen lema en la vida para alcanzar la plenitud y la felicidad podría ser: “Pretender siempre lo mejor. Vivir todo con ilusión y con pasión. Buscar valores que le den calidad a la vida. Amar, servir, y perdonar. Atreverse a levantar de la comodidad, la superficialidad, el materialismo y el consumismo. Volar siempre más alto”. Como nos dice Viktor Frankl en su obra “La voluntad de sentido” (Frankl, 1983): “El ser humano se realiza a sí mismo en la medida que se transciende. Sólo es plenamente humano cuando se deshace por algo o se entrega a otro y se olvida de sí mismo” (1983). En otra de sus obras “El hombre doliente”, insistirá en esta misma idea y escribe: “El hombre es humano en la medida en que se pasa por alto y se olvida de sí mismo entregándose a una causa a la que servir o a una persona a la que amar. Al sumergirnos en el trabajo o en el amor nos transcendemos a nosotros mismos y de este modo nos autorealizamos” (Frankl, 1983).

En definitiva, si quieres asumir en serio la vida y realizar un proyecto que merezca la pena, cultiva el amor hacia ti mismo y hacia los demás, acéptate sin condiciones, trata de sanar las heridas del pasado, aprende a relativizar los problemas, agradece, recupera la capacidad de admiración y asombro, muéstrate generoso y servicial, ríe mucho, dile a las personas con las que vives lo importantes que son para ti, reencuéntrate con la naturaleza y disfruta de ella, sueña y lucha por tus sueños, proponte metas que merezcan la pena, cultiva tu espíritu, medita y ora, vive las cosas ordinarias de un modo extraordinario, pon ilusión y pasión en todo lo que haces. No olvides que son los pequeños detalles los que hacen la diferencia, que deberíamos esforzarnos todos por ser hombres y mujeres llenos de detalles bonitos hacia los que nos rodean. Que los detalles, por más mínimos que parezcan, pueden destruir grandes esfuerzos o consolidar los amores verdaderos. ¡Si tan solo comprendiéramos el valor tan grande de una mirada, de una palabra, de una sonrisa, de un instante, qué diferente sería el mundo!

La felicidad no es algo a alcanzar, sino una semilla que hay que dejar germinar. Es un estado espiritual que está por encima de los sucesos y de las circunstancias. La felicidad supone calma interior, paz consigo mismo, hondura de alma, pasión y compasión. La puerta de la felicidad no la puede abrir la envidia, la arrogancia, la ambición, que son venenos que destruyen a otros y te destruyen a ti mismo. Sí la abre la sencillez, la generosidad, la solidaridad, la paz. Solo los pacientes, es decir, los que tienen paz en su corazón, serán capaces de construir un mundo mejor, un mundo más feliz, un mundo de paz. Corazones violentos, huecos, prepotentes, ambiciosos, nunca construirán un mundo de paz.

En definitiva, si quieres ser feliz, ama y sé generoso. Jean Paul Sartre escribió que “el Infierno son los otros”, y ciertamente la mayor parte de los males y desgracias los causamos los seres humanos. Pero también “los otros” pueden ser el cielo para nosotros y para los demás si somos capaces de superar nuestro egoísmo y nos dedicamos a servir y ayudar a los otros. El egoísmo divide y separa. La generosidad y el servicio unen. La persona generosa es capaz de desprenderse, de salir de sí para volcarse en servicio a los demás y convertirse en semilla de alegría y vida. El generoso tiene el corazón vuelto a las necesidades de los otros, y no solo es capaz de regalar cosas, sino de regalarse a sí mismo: regala su sonrisa, su tiempo, su atención, su escucha, su cariño. Donde hay generosidad, hay felicidad. Generoso es el que genera, es decir, el que engendra. Es, por ello, una persona fecunda que vive dando vida. Como ya dijimos antes, el término latino felix significa precisamente fecundo, fértil, lo que indicaría que la felicidad consiste en hacer muy fecunda la vida, en vivir defendiendo la vida, dando vida, asumiéndose como un regalo para los demás. Las personas generosas son felices, los egoístas viven siempre insatisfechos, carcomidos por la envidia, el rencor, la agresividad o los celos. A todos nos embarga una gran alegría cuando ayudamos a otros, cuando nos sentimos útiles, cuando hacemos el bien, cuando somos generosos. Sin embargo, encerrados en nuestro egoísmo, nos empeñamos en recorrer las sendas de nuestra desdicha. La generosidad da paz de conciencia, nos permite vivir en un estado habitual de optimismo a pesar de los problemas, dibuja una sonrisa sincera en nuestros labios e ilumina la mirada con un brillo nuevo. Un adagio hindú reza: “Todo lo que no se da, se pierde”. Triunfa en la vida quien derrota su egoísmo y se ofrece como un regalo generoso a los demás. Cada persona camina hacia su muerte llevando en sus manos sólo lo que ha sido capaz de dar.

Por ello, el camino más seguro a la felicidad es darse, servir, trabajar por la felicidad de los demás. En la lógica del tener, si uno da, pierde. En la lógica del ser y del amar, cuanto uno más da, más es, más se realiza; cuanto más ama, más se llena de amor. No olvidemos nunca que las dos cosas más importantes en la vida: amor y felicidad, sólo se consiguen dándolas. Si quieres llenarte de amor, da mucho amor. Si quieres alcanzar la felicidad, dedícate a hacer felices a los demás.

 

[1] Para un desarrollo más amplio de estas ideas, puede verse mi libro “Educar es enseñar a amar”, Editorial San Pablo, Caracas, 2009.

 

Bibliografía

Pérez Esclarín, A. (2006). Decide tu vida, elige ser feliz. Caracas, Venezuela: Editorial San Pablo.

Pérez Esclarín, A. (2013). Aprender a vivir con pasión y compasión. Caracas, Venezuela: Editorial San Pablo.

Frankl, V. (1983). La voluntad de sentido. España: Herder.

Frankl, V. (1984). El hombre doliente. Barcelona, España: Herder.

 


Por: Antonio Pérez Esclarín

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