José Gregorio, modelo a seguir para reconstruir Venezuela


Publicado por MP | Viernes 11 de Septiembre de 2020

Posiblemente José Gregorio Hernández es el personaje más querido y admirado en Venezuela. Sin embargo, sigue siendo un gran desconocido. La mayoría escasamente conoce de él que fue “El médico de los pobres” o que es muy milagroso. De hecho, muchos le agradecen no sólo curaciones, sino que consideran que con su intercesión tuvieron éxito en los exámenes, consiguieron novia, lograron trabajo, salvaron el matrimonio, encontraron la cartera perdida o incluso se sacaron la lotería. Se le atribuyen tantas curaciones milagrosas que Mario Briceño Iragorri llegó a bromear diciendo que si se curaba un enfermo era mérito de José Gregorio, pero si se moría, la culpa la tenía el médico. Algunos incluso han utilizado a José Gregorio para prácticas espiritistas y su imagen aparece en numerosos altares al lado de María Lionza, Bolívar y el Negro Felipe. Posiblemente este sincretismo religioso, tan ajeno a la profunda religiosidad católica de José Gregorio, ha sido uno de los motivos que retardaron su anhelada beatificación. Afortunadamente, el reconocimiento de la curación milagrosa de la niña Yaxury Solórzano Ortega fue el milagro comprobado que faltaba para que el Papa Francisco lo proclamara beato el 19 de junio de 2020.

Yaxury Solórzano vivía en el caserío Mangas Coveras, Estado Guárico y, en 2017, cuando tenía 10 años, recibió un disparo en la cabeza en un atraco para robarle la moto a su padre. Como consecuencia, sufrió daño cerebral, perdió masa encefálica y huesos, lo que, según los médicos, comprometía severamente su recuperación y si se curaba, quedaría en vida vegetativa. Sin embargo, 20 días después de los sucesos, la niña se recuperó completamente y sin explicación científica, luego de que su madre le pidiera con fervor a José Gregorio que curara a su hija.

Con su beatificación, José Gregorio es el primer varón y el primer laico en subir a los altares, pues las otras tres beatas venezolanas fueron mujeres y pertenecientes a Congregaciones Religiosas: la Madre María de San José, la Madre Candelaria de San José y la Madre Carmen Elena Rendiles.

Muy pocos saben que este trujillano eminente que nació en Isnotú el 26 de octubre de 1864 y murió en Caracas, el 29 de junio de 1919, a los 54 años, arrollado por uno de los pocos carros que entonces existían, además de ser un médico eminente, generoso y servicial que atendía gratis a los que no podían pagarle, fue un celebrado profesor universitario; un políglota pues hablaba francés, inglés, alemán, italiano; un gran investigador y un científico que se esforzó por incorporar los aparatos y adelantos de la medicina que aprendió en Europa y en Estados Unidos. Fue también filósofo, un hombre apasionado por su formación permanente, pero no para acumular currículo y creerse superior a los demás, sino para poder ejercer con calidad creciente su papel como profesor y como médico. Hombre de una gran piedad, de oración continua y misa diaria, testimonió con gran valor su fe católica, en momentos en que en los ambientes intelectuales donde él se movía, la fe y las prácticas religiosas se consideraban propias de gentes incultas, pues se pensaba que la ciencia estaba acabando con los fundamentos de la religión. Tres veces intentó hacerse sacerdote, pero, los problemas de salud se lo impidieron, y él, siempre fiel a la voluntad divina, comprendió y aceptó que Dios quería que ejerciera su apostolado como laico y viviera su profesión de médico como un verdadero sacerdocio al servicio de los demás.

Su figura adusta y seria, con sombrero de copa y traje negro formal, que aparece en las imágenes que abundan en todos los rincones de Venezuela y que reproducen un retrato que se mandó hacer en Estados Unidos, puede hacernos creer que era un hombre excesivamente serio y distante. Sin embargo, sabemos que le gustaban las fiestas, tocaba el piano, era un gran bailarín, se enamoró en su adolescencia sin ser correspondido, y muchas jóvenes suspiraban por él y se ilusionaban con la esperanza de que José Gregorio se fijara en alguna de ellas. Amó siempre profundamente a Venezuela, se esforzó por modernizarla y sacarla del atraso y la miseria, y hasta muy pocos saben que fue uno de los primeros en alistarse como voluntario para combatir a las fuerzas extranjeras cuando, en 1902, siendo presidente Cipriano Castro, bloquearon las costas de Venezuela.

José Gregorio es un personaje apasionante, expresión de esos valores profundos sembrados por la familia en el corazón de esa Venezuela rural, retrasada y pobre, pero de una gran vitalidad. En tiempos muy difíciles, en una Venezuela devastada por las guerras, las enfermedades y la miseria, José Gregorio fue labrando su camino exitoso y ejemplar tanto en lo profesional como en el campo espiritual a base de esfuerzo, tesón y mucho sacrificio. Su beatificación, tan esperada y celebrada por el pueblo venezolano, debe ser una gran oportunidad no solo para conocerlo y admirarlo, sino sobre todo, para imitarlo, para considerarlo un modelo a seguir, para hacer que sus virtudes vayan moldeando nuestras vidas y sean el cimiento para la reconstrucción profunda de Venezuela, que está viviendo uno de los momentos más negros de su historia.

Resulta evidente que la profunda crisis política, económica, educativa y social que vivimos tiene su origen, su sustento y razón principal en la profunda crisis moral que ha corrompido vidas y conductas, ha exacerbado la ambición, la deshonestidad y la inmoralidad, y ha hecho de la ley y de la Constitución algo inútil porque, si bien todos la invocan, muy pocos la cumplen. Hoy asistimos a un fuerte debilitamiento de la ética donde cada uno decide lo que se puede hacer o no se puede hacer. El fin justifica los medios. Todo parece lícito si produce poder o si produce dinero, que son los valores esenciales. Para obtenerlos se sacrifican vidas y personas, se engaña sin el menor pudor, y arropándose en una retórica pacifista y patriotera, se recurre a la violencia e incluso a la tortura para mantener el poder y la ambición. Por ello, cada día ganan más y más terreno las llamadas economías subterráneas como el sicariato (de lo único que no hay inflación en Venezuela es del valor de la vida que cada día vale menos), la corrupción, la delincuencia, el secuestro, la prostitución de adultos y de niños, la pornografía, el bachaqueo, la especulación abierta y descarada, el tráfico de drogas, de armas, de medicinas y hasta de personas. El llamado de Jesús “Amaos los unos a los otros”, lo estamos traduciendo por “Armaos los unos contra los otros”. Por otra parte, propuestas moralizantes y discursos con fervientes llamados a la ética, ocultan con frecuencia, la manipulación, el ansia de poder, la corrupción, el engaño, la mentira. Hoy se miente tan descaradamente que ya no sabemos qué es verdad y qué es mentira, pues hemos matado el valor de las palabras, hasta el punto que se comienza a hablar de que vivimos en la era de la postverdad, donde lo importante es mover los sentimientos y pasiones de las personas, sin importar que las informaciones sean verdaderas o falsas.

Ante esta realidad, la celebración de la beatificación de José Gregorio debe ser una oportunidad para reconstruir a Venezuela sobre los valores ciudadanos que él practicó de un modo tan sobresaliente que le han hecho merecedor no sólo de la admiración y el cariño del pueblo venezolano, sino de su ascenso a los altares. Entre ellos, la responsabilidad, la honestidad, el esfuerzo, su dedicación al estudio y el trabajo, su desprendimiento y generosidad que le llevaban a atender a los más pobres sin cobrarles e incluso les regalaba las medicinas, su fe valiente y encarnada en el servicio a todos, su respeto a los que pensaban de un modo completamente distinto a él, la piedad, el amor a la familia, a la iglesia y al país.

 De muy poco servirá su beatificación y las celebraciones con ese motivo, si no nos esforzamos por encarnar en nuestra conducta y en nuestras vidas sus valores y no los sembramos en nuestras relaciones y en las estructuras políticas, económicas, familiares, educativas y sociales.

El anuncio de la beatificación de José Gregorio Hernández llegó como una excelente noticia en momentos en que Venezuela está sufriendo una gravísima crisis humanitaria agravada por la pandemia del Covid-19, que debemos enfrentar con un sistema sanitario destruido, sin los servicios esenciales, y con muchas personas sin alimentos, sin agua, y sin los medios higiénicos necesarios para combatir el virus apropiadamente. Es bueno recordar que, cuando murió José Gregorio en 1919, Venezuela estaba siendo azotada por la gripe española, una pandemia que ocasionó en el mundo unos 40 millones de muertos, y en nuestro país unos ochenta mil, el dos por ciento de la población de la época. También entonces, como ahora, se prohibieron las reuniones públicas, procesiones, funciones de cine, ópera, teatro y corridas de toros. Se suspendieron las clases a todo nivel, colapsaron por falta de personal los servicios de los tranvías, telégrafos y las centrales telefónicas, y los médicos prohibieron besos y abrazos. José Gregorio se incorporó a combatir la peste con su coraje y entrega habituales. Para poder atender a mayor número de enfermos, utilizó por unos días un vehículo con chofer, pues antes acostumbraba visitar los enfermos a pie. El gobierno dictatorial de Juan Vicente Gómez prohibió a la prensa hablar de la peste, pero José Gregorio y Luis Razetti tuvieron el valor de denunciar públicamente que lo que estaba matando a tanta gente no era la gripe propiamente dicha sino el estado de absoluta miseria en que vivía la mayoría de los venezolanos, mal alimentados y con escasa o ninguna condición de higiene, muchos con padecimientos crónicos de paludismo y tuberculosis.

En consecuencia, la celebración de la beatificación de José Gregorio debe impulsarnos a combatir la pandemia y a trabajar por superar los gravísimos problemas que estamos sufriendo en Venezuela con su entrega y generosidad.

 

Por: Antonio Pérez Esclarín

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