La planificación en tiempos de incertidumbre


Publicado por MP | Martes 17 de Septiembre de 2019

Para esta época, cuando se inicia el año escolar, los docentes comienzan a planificar lo que harán durante este nuevo período. Sin embargo, cuando vivimos momentos de incertidumbre como los actuales es válido preguntarse si vale la pena hacerlo. Dudar de la necesidad de planificar es comprensible, pero no se justifica. En momentos de incertidumbre, es cuando más se necesita hallar caminos que den cierta estabilidad a nuestras acciones y esto se logra a partir de un diagnóstico de la situación que vivimos, la visualización de diferentes escenarios posibles desde los más optimistas, hasta los más pesimistas y su concreción en la planificación educativa. Sin embargo, esta planificación también debe ser coherente con la intencionalidad educativa de nuestras instituciones y que se manifiesta a través de objetivos o perfil de egresados.

Sea cual sea el escenario que se escoja para planificar, existen invariantes que nunca deberán faltar en nuestras planificaciones de clases y mucho menos en nuestras clases, sobre todo cuando sabemos que, posiblemente, algunos de los estudiantes inscritos no asistirán porque se han ido del país o no tienen uniforme ni útiles o peor aún, porque la necesidad de comer y vestirse les obligue desde temprana edad a dejar los estudios para incorporarse al mercado de trabajo. Ante estas situaciones de inasistencia debemos indagar y buscar fórmulas para garantizar que no abandonen los estudios.

Conscientes de estas dificultades, la posibilidad de que nuestros estudiantes abandonen la escuela o liceo estará latente todo el año escolar y ante esta realidad proponemos considerar los siguientes aspectos que no deben faltar en cualquier planificación.

Trabajar lo afectivo. Nuestra prioridad en nuestras planificaciones es lograr crear un ambiente que invite a nuestros estudiantes a asistir a las aulas y no a abandonarla y si las abandonan, planificar estrategas para intentar su reincorporación.

Al inicio del año escolar los estudiantes llegan a nuestras aulas con una carga de ansiedad propia de esta época, a lo que este año se le suma la difícil situación personal que viven en sus casas y en su entorno. Ante este clima de ansiedad y preocupaciones, el aula debe ser un espacio donde el afecto sea una marca permanente. Este clima de afecto debe reflejarse en el buen trato que debemos promover entre todos; dar la bienvenida a nuestros estudiantes, despedirlo con afecto, atenderlos si los vemos tristes o celebrar con ellos algún hecho positivo es parte de esa cordialidad. Si a esto le sumamos un ambiente físico que invite al estudio y a la convivencia, mucho mejor. Para el buen trato solo hace falta voluntad. Para crear un ambiente físico agradable, hace falta mantener limpios nuestros espacios y, para ambientar nuestras aulas y la institución en general, es posible que debamos recurrir a las familias de nuestros estudiantes, quienes en la medida de sus posibilidades podrían aportar algunos recursos.

Revisar nuestra secuencia de clases. Si somos de aquellos que se apoyan en una explicación para luego colocar una actividad caracterizada por el dictado, la copia o el cuestionario y luego corregir, es hora de cambiar. Por nuestro bien y el de los estudiantes, nuestras clases no pueden seguir siempre la misma secuencia porque se aburren nuestros alumnos y nos aburrimos nosotros, creando un ambiente que con el pasar del tiempo se volverá hostil y promoverá la indisciplina y el abandono escolar.

Conviene optar por otras dinámicas. El inicio de nuestras clases debe estar caracterizado por motivar el interés y curiosidad de nuestros estudiantes. Planteemos una buena pregunta o actividad que sea de interés para ellos y despierte su curiosidad. Planifiquemos salidas al patio de la escuela o a la comunidad, promovamos experimentos, debates, foros, sociodramas, pintemos murales o invitemos a un papá, mamá o miembro de la comunidad con un talento especial (costura, albañilería, pintura, deporte, teatro,…) para compartir con nuestros estudiantes sus experiencias. Este cambio de práctica ayudará en lo afectivo y cognitivo, tanto a nuestros estudiantes como a nosotros mismos, creando un ambiente cordial y de entusiasmo tan necesario para todos hoy en día.

Enseñar a trabajar en grupo. Mucho se habla de promover el trabajo grupal; sin embargo, muchos docentes desconfían de él por prestarse a que algunos estudiantes no trabajen. Para que esto no suceda es importante considerar algunos aspectos.

En primer lugar un buen equipo de trabajo se sustenta en la calidad del aporte de cada integrante; por eso el primer paso es que el estudiante, de manera individual, ante una tarea asignada, debe antes que nada reflexionar sobre ella y pensar en cómo cree que pueda abordarse. Si es necesario, deberá escribir la manera cómo la trabajaría o resolvería. El trabajo previo, individual, es una oportunidad para promover la reflexión y el compromiso con los demás. Culminada esta etapa de trabajo individual es momento de pasar al trabajo grupal, pero la constitución de cada grupo no debe ser dejada al azar. Los grupos de trabajo deben caracterizarse por su equilibrio tanto en rendimiento como en comportamiento, se recomienda que no sobrepasen los cinco integrantes.

Para la selección de quienes lo conformarán es importante y deseable que sea producto de un acuerdo entre los propios estudiantes y que la intervención del docente solo sea para que se logre el equilibrio deseado. La idea es que se sientan a gusto. sin perder la idea de que es un grupo de trabajo y por tanto se busca que todos participen en el logro de las metas propuestas. En la distribución debe buscarse que los estudiantes con mejor rendimiento no se concentren en unos pocos grupos; igualmente hay que lograr que la distribución de aquellos cuyo comportamiento no es el más adecuado impida la promoción de alteraciones del orden y el mal comportamiento. Los estudiantes con mejor rendimiento deben entender que juntarlos con otros con menor rendimiento académico les beneficiará porque deberán explicarles y eso les ayudará a aprender más.

Por nuestra parte, promover que el estudiante con buen rendimiento académico explique a otros compañeros, le ayudará a formarse en el compartir y en el servicio a los demás. En el caso de aquellos con “mal comportamiento” muchas veces lo hacen porque desean llamar la atención; préstele atención, pero a través de la designación de responsabilidades, funciones y tareas que lleven al buen funcionamiento del grupo. Por ejemplo, se le puede pedir que alguno lleve el tiempo para que la tarea asignada se entregue en el momento acordado; también puede pedirle que sea el responsable de distribuir las tareas y ceder la palabra, de manera que todos participen y no se concentre todo alrededor de quien domina mejor el tema o tarea asignada.

El trabajo en grupo debe culminar con plenarias donde se expongan los resultados del trabajo realizado, fomentando la participación de aquellos que poco intervienen. Todos los resultados de las tareas deben ser expuestos y a partir de ahí promover la discusión sustentada en el respeto y la argumentación, reconociendo los aciertos y trabajando los errores de manera que puedan ser superados. No debe olvidarse que en toda plenaria, bien al inicio o al final, es importante hacer la evaluación personal y grupal. Cada estudiante deberá evaluar su participación en la tarea, haciendo un balance de los logros obtenidos, las dificultades halladas y los aprendizajes obtenidos. Esto contribuye a la auto-regulación de los aprendizajes, haciéndolos más autónomos y responsables.

Aprender de los errores. Debemos tomar en consideración en nuestras planificaciones los errores de tipo cognitivo, procedimental y actitudinal detectados en el diagnóstico. Los errores deben ser una oportunidad para crear un ambiente positivo de aprendizaje y no un castigo. Ante las respuestas erróneas debemos guiar a los estudiantes para que ellos mismos se percaten del fallo. Toda equivocación debe abordarse y nunca debe ser borrado sin antes reflexionar sobre sus causas.

Planifiquemos la participación de nuestros estudiantes desde sus potencialidades. Todos somos necesarios. Planifiquemos pensando en todos los estudiantes, no sólo en los de mejor rendimiento y comportamiento. Hay algunos que poco están ganados a hablar en público, pero son excelentes en manualidades; puede haber un estudiante con discapacidad visual, pero es un excelente orador; o alguien con discapacidad auditiva, pero es un increíble dibujante. Puede también haber un alumno con discapacidad motriz que solo puede escribir apoyándose en una computadora, pero es un excelente escritor, con redacción ágil y buena ortografía. Quitemos los prejuicios de nuestras mentes y en vez de pensar en el estudiante tímido, con dificultad motriz o invidente, veamos un excelente escritor, un gran orador o un increíble dibujante. Planifiquemos la participación de nuestros estudiantes desde sus potencialidades.

Lo que enseñamos que sirva en y para la vida. Planifiquemos actividades que le da sentido a la vida inmediata y futura de nuestros estudiantes. Si lo que enseñamos carece de sentido no podemos esperar de ellos interés por estudiar. Nuestras clases deben ser una aventura al saber. Si enseñamos las matemáticas es para que el estudiante razone y vea la utilidad de esta disciplina más allá de los ejercicios propuestos. Si enseñamos a leer no es para que sepa deletrear o emitir sonidos, sino para comprender la lectura y disfrutar de ella. Si enseñamos Historia es para que pueda conocer lo pasado, comprender el presente y comprometerse con la creación de un mejor futuro para nuestro país.

Hagamos de la planificación una oportunidad para soñar y concretar nuestros deseos por formar un ciudadano y una ciudadana para el mundo de hoy y del mañana.

 

Por Hugo Parra Sandoval

Colegio Gozaga y Universidad del Zulia