Provocar las ganas de aprender


Publicado por MP | Viernes 28 de Octubre de 2016

De muy poco van a servir los cambios curriculares y los esfuerzos de dotación de textos y computadoras,  si no cambiamos la cultura escolar   y comenzamos a entender que el papel del educador  no consiste en enseñar, sino fundamentalmente en provocar las ganas de aprender de sus estudiantes.  Esto va a exigir un cambio fundamental en los procesos de formación, tanto inicial como permanente, de los educadores. Se trata nada más y nada menos de  pasar del aprendizaje de la cultura a la cultura del aprendizaje. En educación  necesitamos  menos imposiciones y más construcción de deseos. Menos rituales, formatos  y rutinas  y más sentimiento, más pasión, más sentido común.  Si es evidente, como nos lo señalara Freinet hace ya muchos años, que no podemos obligar a comer al que no tiene hambre o a beber al que no tiene sed, no podemos enseñar si no despertamos el hambre  de aprender.

Albert Camus,  filósofo y premio Nobel de Literatura, nos recuerda en su novela póstuma “El primer hombre”  la pesada monotonía y el aburrimiento en su liceo donde la mayor parte de los profesores  pretendían obligarles a comer un alimento  insípido y desabrido que habían preparado para ellos sin antes despertarles el hambre.  Pero Camus recuerda agradecido que había un maestro especial, Monsieur Germain, “que provocaba en nosotros el hambre de aprender”. Y esto era posible porque ese maestro provocador del hambre, era un verdadero hambriento de  nuevos aprendizajes y descubrimientos. Cada clase era una verdadera aventura y cada descubrimiento, en vez de saciar su hambre, se la alimentaba. Sus clases resultaban  apasionantes porque Mr. Germain era un apasionado de la educación. Los alumnos disfrutaban y aprendían en ellas, porque el Sr. Germain  disfrutaba enseñando.

Escuelas, liceos y universidades ¿despiertan el hambre de aprender?, ¿lo hacen los postgrados? Los facilitadores de tantos talleres y los ponentes  en  encuentros y congresos pedagógicos ¿son personas hambrientas de nuevos conocimientos y son capaces de provocar en los participantes su propia hambre, o son meros expositores sin alma y sin pasión? 

Hoy son cada vez más numerosas las personas que, conscientes de que la educación se ha extendido mucho pero es una educación muy pobre,  hablan de la necesidad de una “educación  de calidad”, con lo que vienen a reconocer que la educación está muy lejos de responder a sus objetivos  esenciales. Si bien son muchas las formas de entender la calidad, para mí la educación es sólo de calidad si forma personas y ciudadanos de calidad.  Educación que despierta el gusto por aprender siempre, a lo largo de toda  la vida,  por superarse permanentemente, que fomenta la creatividad, la crítica, la  libertad y el amor. Educación que capacita para  vivir y  convivir, para  defender la vida, de modo  que todos podamos vivir con dignidad y desarrollar nuestra misión.  Educación que prepara a las personas y comunidades  ya no meramente  para acomodarse a los cambios, sino para orientarlos a favor de un proyecto de construcción de otro mundo posible en el que prevalezca la justicia, la inclusión, la dignidad, la democracia, el respeto a la diversidad y la paz. Educación orientada no meramente a formar los profesionales que el mercado necesita  sino  los seres humanos que requiere  una  sociedad libre y profundamente democrática. Armados de una ciencia profundamente humanista y de una conciencia social y espiritual que les permita transformar y humanizar  creativamente su comunidad y su país.

 

 

 

 

Antonio Pérez Esclarín

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