Editorial

El ser humano es un permanente buscador y eso es lo que ha permitido su evolución. A cada paso siguió otro y otro, hasta que aprendió la importancia de unirse a los demás para sobrevivir en un mundo inhóspito, que no entendía y donde nada era seguro. De esa manera, a lo largo de millones de años, entre aciertos y errores, fue emergiendo eso que llamamos sociedad, tan llena de contrastes y desigualdades, regida por normas y reglas, donde él se sigue moviendo insatisfecho.

Actualmente millones de personas siguen buscando formas de mantener la convivencia y el respeto a los derechos humanos, en medio de tantos conflictos. Quienes vivimos en este país llamado Venezuela estamos en esa búsqueda, lo que se convierte en una verdadera odisea para los docentes: ¿cómo educar a miles de niños, niñas y adolescentes que tienen tantas limitaciones para alimentarse, asistir a clases o aceptar la ausencia del padre o madre que emigró?, ¿cómo fortalecer su sentido de identidad y pertenencia con nuestra tierra?, ¿de qué manera enseñarles que la educación sí tiene sentido y es necesaria en la vida?, ¿cómo ayudarlos si nosotros mismos estamos hundidos en esta vorágine que roba nuestra energía, nuestros sueños? Hoy más que nunca tienen validez las palabras de Montessori: “La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”. Ella hablaba de vocación, de entrega; nosotros, en este hoy tan lastimado, podemos decir que también es un acto de fe, de esperanza, de constancia.

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